viernes, 7 de enero de 2011

HISTORIAS EDIFICANTES


En el oriente cristiano-medieval –que se desenvuelve en el ámbito del Imperio Bizantino, denominación que se aplica al Imperio Romano de Oriente en este periodo histórico- se desarrolla una cultura fuertemente marcada por la religión.

Uno de los fenómenos más interesantes es el de la multiplicación de las personas que buscan la salvación desarrollando técnicas extremas de ascetismo y renuncia a la vida mundana. Algunas tradiciones sobre estos personajes que se alejan de la sociedad humana para habitar en Monasterios, en cuevas o en remotas regiones desérticas, se recogen en textos que, con ánimo edificante, trasmiten un voluminoso catálogo de milagros y anécdotas varias.

Uno de los más populares libros de este tipo fue El Prado Espiritual, del monje Juan Mosco, que recorrió el Imperio de monasterio en monasterio desde el Monte Athos –en Grecia- hasta el oasis de Kharga, en el desierto del Sáhara, zona sur de la provincia de Egipto. En su viaje, que tuvo lugar a mediados del S. VI o principios del S. VII, recopila las anécdotas que le cuentan en los cenobios y las escribe para ejemplo de su discípulo Sofronio.

Como curiosidad, aquí va una de esas historias:

Aba Menas, jefe del cenobio, nos dijo que había oído lo siguiente a aba Eulogio, papa de Alejandría:

Cuando estuve en Constantinopla conocí al señor Gregorio, archidiácono de Roma, un hombre virtuoso. Me habló de la existencia de un testimonio escrito en la iglesia romana sobre el muy venerable y santo León, papa de Roma. Dice que éste, después de escribir al santo patriarca Flaviano de Constantinopla una carta de condena contra los impíos Nestorio y Eutiquio, puso dicha carta sobre la tumba de Pedro, príncipe de los apóstoles, y suplicó así al primerísimo de los discípulos, en medio de ayunos, oraciones y vigilias:

-¡Corrige los errores que yo pueda haber cometido como hombre, tú que eres responsable de la Iglesia y de este trono por obra de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador!

A los cuarenta días se le apareció el apóstol mientras rezaba.

-Leída y corregida, le dijo.

El papa cogió la carta de la tumba de S. Pedro, la desenrolló y encontró correcciones escritas por la mano del apóstol.

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