martes, 6 de diciembre de 2011

HELENISMO Y AUTOAYUDA


 Queronea. Monumento conmemorativo.

El periodo histórico al que se denomina helenismo resulta tan extenso como mal definido. Durante mucho tiempo la historiografía ha considerado esta época como una mera transición entre el mundo cultural griego y la hegemonía romana en el Mediterráneo. Sin embargo cada vez son más los que consideran que el periodo romano es en lo cultural una prolongación de lo helénico, siendo además una época de esplendor para numerosas ciudades griegas, aunque bajo el poder imperial. Es decir, enmarcaríamos esta época entre dos acontecimientos espirituales de gran magnitud: la crisis y muerte de la polis y la hegemonía del cristianismo en el Bajo Imperio.
Aceptando este criterio, nos encontramos con que lo que se decía que era un periodo de transición, o incluso la fase decadente de Grecia, pasa a ser una era histórica que comprende, aproximadamente, desde el año 338 a.C. en que Macedonia se hace con la hegemonía frente a Tebas y Atenas en la batalla de Queronea, hasta el 313 d.C. en que el Emperador Constantino sanciona con el Edicto de Milán la preponderancia política del cristianismo e inaugura una nueva época para el Imperio. Es decir, nada menos que seis siglos y medio de historia.
Las consecuencias de la nueva situación política para los ciudadanos griegos fueron muy considerables. Convertidos de ciudadanos de la polis en súbditos de reinos de extensión mucho más amplia, su papel en la comunidad resulta mucho menos determinante, cuando no totalmente irrelevante. Sin embargo, la crisis de la polis viene de atrás. Es notable la preocupación entorno a la organización del estado que expresaron autores como Platón o Aristóteles. Este último, cuando redacta su Política lo hace ya dentro de este periodo de tiempo al que hemos denominado helenismo. (Hay que recordar que fue maestro de Alejandro, y que enseñó en una Atenas ya sometida al poder de Macedonia). Esta preocupación refleja el estado de deterioro al que ha llegado la organización política griega a lo largo del siglo IV y la añoranza por el modelo, ya caduco, que desarrolló Pericles en su plenitud.
El ciudadano de los nuevos reinos siente con claridad que está a merced del arbitrio de un poder superior, el monarca, y se va desarrollando una forma fatalista de entender la vida, que rehúye la participación política como inútil y se centra en la felicidad individual como fin a lograr. Todavía Aristóteles había mantenido la superioridad del Estado sobre el individuo (idea que es patente en Platón) basado en la natural dependencia del hombre, que carece de la posibilidad de ser autosuficiente. El hombre helenista, ajeno al sentimiento de pertenencia a una comunidad estrecha como la polis, da la espalda al grupo como referencia necesaria para lograr el desarrollo personal. Es un tipo de persona más individualista y cosmopolita.
Las escuelas filosóficas que surgen en este periodo y, por tanto, mejor reflejan la situación intelectual de la época son  el estoicismo y el epicureísmo. Ambas buscan ofrecer, no sólo una explicación teórica del cosmos, sino además una teoría moral encaminada a la felicidad personal. Sólo el sabio puede alcanzar el estado de felicidad, y sólo el hombre feliz merece la consideración de sabio.
Simultáneamente adquieren notoriedad otros movimientos filosóficos de carácter notablemente más subversivo y a cuyo lado estoicos y epicúreos se antojan corrientes conservadoras: cínicos y escépticos.
¿Podríamos encontrar paralelismos, más o menos forzados, con la época que nos ha tocado vivir? Parece claro que la toma de decisiones en el mundo llamado democrático se aleja cada vez más de los ciudadanos, que observan preocupados que están en manos de instituciones que a su vez parecen no deber lealtad a quienes votan, sino a poderes económicos sobre los que, al parecer, no se puede decidir.
Al tiempo el carácter individualista de la modernidad se acentúa, aumentándose a la vez la alienación con respecto al grupo. La reacción más habitual es el sálvese quien pueda. Así se desarrollan simultáneamente corrientes psicológicas que acentúan la responsabilidad del individuo sobre su propia felicidad. Triunfan los manualillos de autoayuda, la inteligencia emocional y la resiliencia como concepto clave, popularizados por personajes de los medios de comunicación como Rojas Marcos o E. Punset.
El mensaje de fondo es de raíz claramente estoica: La realidad es como es. No pretendas cambiarla, no esperes nada de fuera. La llave para la felicidad está en tu capacidad de adaptación y en tu competencia emocional frente al mundo.